Bebedores Magazine

Cervezas, fútbol, amigos, conversaciones: un pub irlandés

Pub nº37: The Jar

Situado en el lateral de la Avenida de la Ilustración, más concretamente en el número 40 de la calle Santiago de Compostela, The Jar es un muy digno ejemplo de lo que es un Pub Irlandés de barrio. Una fachada sencilla con predominio del color verde y salpicada de los emblemas más reconocibles de la Irlanda bebedora, no es más que el sobrio preludio de un pub que se estructura en dos áreas claramente diferenciadas. Por un lado, cruzando la calle Santiago de Compostela y sobre un pequeño bulevar, nos encontramos una gran terraza acertadamente identificada con una amplia pancarta y formada por una decena de mesas desahogadamente situadas bajo una tupida arboleda que invita al disfrute de las cálidas noches veraniegas.
Al otro lado de la calle, nos encontramos a The Jar recibiendo al bebedor que se adentra entre sus muros con una atmósfera de cierta penumbra, una estancia diáfana rodeada por una decena de mesas de madera de mediano tamaño y una amplia barra cuadrada de madera que otorga al pub un aire acogedor y funcional.

La decoración es sobria y diría que hasta escasa, reseñar que los elementos decorativos son del todo afines con la idiosincrasia de un pub con evocaciones a la isla esmeralda. Destacar una camiseta enmarcada del Manchester United firmada por los jugadores, yo diría que perteneciente a la década de los 90 y otra camiseta del Real Madrid igualmente enmarcada pero sin la rúbrica de ningún héroe deportivo. Por lo demás, numerosas referencias a Jameson y Guinness en el contexto de una sala de suelos de madera, escasa iluminación proporcionada por alójenos de ojo de buey, una diana para el deleite de los aficionados a los dardos y una única pantalla de televisión de moderado tamaño visible desde la mayoría de los rincones de la sala.

Eran cerca de las 21:30 de la noche del 4 de agosto del 2010 cuando el grupo de aguerridos bebedores formado por Rodríguez, el Papo, Pascual, Espáriz y este humilde cronista tomaron asiento para disfrutar de la acogida de The Jar. La primera impresión fue positiva, no obstante, los cinco bebedores coincidieron en afirmar que el calor en el local era excesivo, llegó a plantearse, con no mucho entusiasmo, la posibilidad de disfrutar de la primera pinta en la agradable terraza anteriormente mencionada. Evidentemente esta idea no prosperó.
Un único camarero atendía tanto del público que se congregaba en la sala (tres mesas ocupadas en el momento más álgido de la noche) como al que se reunía en la terraza, (esta sí estaba densamente poblada) por este motivo las cinco pintas, que ávidamente reclamamos, tardaron en llegar más de lo deseable. Una vez satisfechas nuestras plegarias, fue comentario general de los allí presentes lo refrescante y placentero que resultó ese primer trago de aquella primera pinta. Espáriz sugirió que momentos de ese nivel de placer debían ser institucionalizados. Con el pasar de los tragos y tras haber saciado la sed la conversación se iba animaba, en la misma medida, que la temperatura ambiental disminuía por la acción del aire acondicionado. Los temas de conversación vertidos sobre la mesa subieron de tono hasta el punto de ruborizar al que suscribe estas líneas. Se abordaron, con desgarradora crudeza, los temas recurrentes sin concesiones a la galería y con alto grado de procacidad.

La noche avanzaba hacia su ocaso y a esas alturas ya era un hecho evidente que aquella había sido otra jornada más de éxito para el club de bebedores y su magna ruta por los pubs irlandeses de Madrid. En aquel instante, una dura decisión asaltó a los que allí nos reuníamos. Había que decidir si íbamos a tomar una última pinta aquella noche o no. Cómo pueden imaginar los que conozcan la ralea de los protagonistas, unos decían que sí, otros decían que no, había quien aducía que la línea no se lo permitía, que hoy llevo yo el coche…, etc. Huelga decir que la decisión final fue la de dar una inequívoca y unánime respuesta afirmativa a la tercera pinta de la noche añadiendo que esta fue recibida por nuestros paladares con el placer que proporcionan aquellos actos que se llevan un poco más allá del límite permitido, proporcionando un brillante colofón a una gran tarde irlandesa en el norte madrileño en las que además de risas, cervezas y amigos, disfrutamos de una selección músical sobresaliente tanto por los temas elegidos como por el acertado volumen al se reproducían.

Noches como la del 4 de agosto del 2010 le reconcilian a uno con su propia existencia y animan a individuos reflexivos y sensibles como los integrantes de bebedores a proferir sentencias como…”¡Hay que ver, a qué poca gente tengo que envidiar!”

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6 agosto, 2010 - Posted by | Irlanda en Madrid | , , , , ,

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