Bebedores Magazine

Cervezas, fútbol, amigos, conversaciones: un pub irlandés

Pub nº50. La Fontana de Oro

“(…) Los grupos avanzan hacia la mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada a un local, que no debe de ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta gente. Aquélla es la célebre Fontana de Oro, Café y Fonda, según el cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunión de la juventud ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración, ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y oír su aplauso irreflexivo. (…)”.

Como ven, a tenor de las palabras arriba reproducidas, en 140 años, fecha en que fueron publicadas por primera vez, pocas cosas han cambiado. Y no es el pub que nos ocupa esta semana, el último de esta larga y divertidísima serie que comenzara hace un año, una excepción. No pretende este que les escribe igualar al mayestático literato, Pérez Galdós, por supuesto. Sería una cuestión indecente procurarlo y, por tanto, no encontrarán en esta crónica el más mínimo atisbo de intento de copia de estilo -suspirarán de alivio en este momento muchos- ni nada parecido. Simplemente, sirva la descripición del inigualable escritor canario, madrileño de adopción, para introducirnos en el meollo y comprobar, de manera contundente, que el espíritu de aquella fonda, hoy pub irlandés, no ha cambiado lo más mínimo.

La Fontana de Oro es un pub con historia. Es famoso por la novela del ya mentado Galdós, pero en sus taburetes se han relajado las posaderas de un buen número de personajes ilustres de la vida política española. Fundada allá por el año de 1760, tuvo su momento de mayor esplendor durante el Trienio Liberal (1820-1823), período durante el cual este país llamado España pudo disfrutar de nuevo de las libertades perdidas a manos del indigo Fernando VII siete años antes. El personaje que marca esta época fue Rafael del Riego, militar de alto prestigio, que tras deambular por medio país como Capitán General, finalmente llegó a Madrid, donde fue prendido y, posteriormente, ejecutado por fuerzas extranjeras, los Cien Mil Hijos de San Luis, los cuales habían llegado desde Francia en apoyo del absolutista Rey Fernando y como representantes de la Santa Alianza. Antes de tan triste final, a buen seguro que este garante de las libertades degustó comida y bebida en abundancia en el pub que hoy nos ocupa, un magnífico establecimiento, dicho sea de paso.

La actual Fontana de Oro, situado en el mismo emplazamiento en que ha estado siempre, el número tres de la Calle de la Victoria, en el madrileño barrio de las letras (Huertas), no es un pub muy diferente del que podía haber sido aquel de la época de que trata el anterior párrafo. Es obvio y evidente que la decoración habrá cambiado algo, aunque menos que en otros establecimientos de rango parecido y pretensiones similares -no debe usted, estimado lector, dejar de ver los múltiples retratos de personalidades que decoran las paredes-, pero el espíritu acogedor, envolvente y cálido que encierran estas cuatro paredes sigue siendo el mismo de antaño.

Es un pub grande en el que el espacio está ricamente aprovechado. Las mesas ocupan la mayor parte del recinto y están lo suficientemente separadas las unas de las otras como para no agobiarse cuando el local está lleno -lo que ocurre tan a menudo como días tiene el año, claro-. Destacan, por su elegancia, las lámparas y farolas que iluminan el espacio y que realzan aún más ese carácter clásico del que les hablaba. Un carácter, por otra parte, que no está reñido ni por un momento con el dinamismo que todo bar en el centro de Madrid debe poseer y que, en este local, está representado a través de la magnífica atención que los camareros dispensan agradable y servicialmente a sus clientes.

El precio es el estándar. Ni más ni menos, aunque es de justicia recalcar el hecho de que los miembros de Bebedores Magazine disfrutaron de un precio rebajado en su primera consumición gracias a la invitación ofrecida por un tipo (hay quien le diría “flyer”) que nos abordó por la calle y que trató de que entráramos en el local a cambio de dichas reducciones en el precio. Teniendo en cuenta que nosotros íbamos a ir allí de todas, todas, pues… Todo un detalle del señor “flyer”. La calidad con que fueron servidas las Guinness dejaba que desear, la verdad. De las rubias nada que objetar.

Al final, tras dos rondas de cerveza y un sinfín de inigualables conversaciones, al grupo le entraron ganas de cerrar la noche como sólo los grandes acontecimientos se clausuran: en Padrao y comiendo el mejor bocata de bukake que se hace en el mundo. Los seis -en esta ocasión no se rajó nadie- pusimos rumbo hacia San Bernardo y, recorriendo a pie la distancia -destáquese la hazaña-, llegamos para finiquitar de la mejor manera posible lo que, por otra parte, no podía terminar de otra forma: con risas y más risas.

En fin, da pena decirlo, pero el cincuenta llegó y el cincuenta ya se marchó. Un visto y no visto. En menos de 365 días, Bebedores Magazine ha recorrido medio centenar de pubs irlandeses, todos ellos en Madrid, y les puedo asegurar que, a titulo personal, todo ha sido todo una pura diversión, cachondeo. No creo errar si lo hago extensivo al resto de bebedores. Seguro que no.

Decía otro genio de las letras, Edgar Alan Poe, que “todas las obras de arte deben empezar por el final”. No sé qué decir. Quizás sea una premonición de lo que pueda depararnos el futuro. Saquen sus propias conclusiones.

Señoras y señores, en nombre de todos los miembros de Bebedores Magazine, ha sido todo un placer.

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8 noviembre, 2010 Posted by | Irlanda en Madrid | , , , , , , , | Deja un comentario

Pub nº39: Molly Malone´s

Es curioso cómo los pubs irlandeses esconden detrás de su nomenclatura toda una ristra de leyendas, mitos, personajes variopintos y topónimos que huelen a sal y Atlántico Norte. La taberna protagonista de nuestra trigésima novena etapa posee uno de esos nombres que fomentan el uso de la Wikipedia y de la erudición del motor de búsqueda de Google, para enteder quién fue Molly Malone, dónde vivió, qué hizo o por qué es conocida en su tierra de origen. Resulta, pues, que la tal Molly era una señorita de ancas ágiles, caderas de muelle y falda retráctil, que paseaba su irlandesa figura por la zona portuaria de Dublín ofreciendo calor callejero, placer furtivo y humores corporales a todo aquel marinero en tierra que estuviera necesitado de números circenses púbicos junto a un noray oxidado.

La pobre señora se pasaba así las noches, para luego recorrer, ya bajo el fantasmagórico sol irlandés de invierno, los mismos amarres ofreciendo alguna mercancía sacada de vaya usted a saber dónde o a cambio de qué (¿alguna idea sobre tags torbianos del siglo XVII?). Más tarde, la historia de nuestra infeliz mercader Molly Malone pasó a convertirse en leyenda, luego en mito y, finalmente, en tonadilla popular para ser berreada en los pubs irlandeses de crujiente maderamen oscuro, entre ellos, el homónimo sito en la calle Manuela Malasaña matritense.

Intriga cómo el azar ha unido a una heroína popular de navaja rápida y sed de sangre gabacha con los de otra batalladora experta en sobrevivir en las sucias  calles de su destino. Así pues, Manuela y Molly se dan la mano en este más que interesante pub irlandés que ofrece a sus visitantes una preciosa fachada de bienvenida decorada al estilo que estos locales ya nos tienen tan bien acostumbrados: maderas, letreros variopintos, objetos expuestos en vitrinas dispersas y hasta una motocicleta digna de cualquier road movie yanqui a la que sólo le faltaba una rubia de mirada azul sentada a su grupa esperando recorrer el medio oeste americano en busca de aventuras y mazorcas de maíz. Aparte del caballo motorizado, destaca una pequeña exposición en la que, alrededor de varios objetos paradigmáticos del mundial de Sudáfrica 2010 (Jabulani, banderolas y microvuvuzelas), todo gira en torno a una placa que recuerda una campaña publicitaria  que tuvo como protagonistas a tres señores que sabían de qué iba esto del balompié: Pelé, Zidane y Maradona. Según esa cartela, en el interior del local tuvo lugar la sesión de fotografías que inmortalizó a estos tres mitos jugando a un futbolín que se encontraba en el salón principal del pub. Interesante cuanto menos.

Tras dejar atrás esta entrada musealizada, el pub se abre en un espacioso hall recorrido por un lado por una barra espectacular que vertebra el eje del local frente a la cual se distribuyen ordenadamente las mesas corridas y los bancos sobre los cuales los miembros de este club de caballeros asentaron sus fibrosos cuerpos y cultivadas sinopsis cerebrales para degustar los placeres de las rubias y de las negras, que tan bien servidas fueron por una señorita de voz sexual y piernas ágiles que hicieron las delicias, por partes iguales, de gaznates y fantasías de doncel. Podríamos concluir, pues, que el bar hizo las veces de alquitara, nuestros cuellos de serpentín y nuestros  estómagos de vaso de recogida, degustando con chapoteo de la lengua el producto destilado final, que no es otro que una gran irlandidad y un estupendo pub que cuenta además con un piso inferior, algo abandonado y lleno de polvo y ácaros rampantes que no sabemos qué uso tiene ni para qué acontecimientos se acondiciona.

Unas hamburguesas aliviaron el gusanillo de chino que algún seguidor de Mao Tse Tung arrastraba desde hacía tiempo, hecho que esconde una intrahistoria, pues el ínclito miembro tuvo a dos acólitos dando vueltas por los aledaños del pub durante un tiempo no menor a 40 minutos, tratando de localizar algún restaurante de caracteres ideográficos donde hozar en un arroz al bukkake y en ternera con esmegma de caballo mongol, no sin recibir los convenientes insultos por parte del que escribe durante todo el periplo, amén de escandalizarse por el trato denigrante con el que trató a un hijo de la dinastía Chin al insinuar que en un restaurante de su patria se servía comida de las islas de enfrente, es decir, Japón.

No hace falta ser un virtuoso del trato del magín para imaginarse a un chino de dientes desiguales y amarillentos cargado de cartones con la inscripción “粪” (pasar traductor automático por encima o buscar en google) gritando a pleno pulmón y con cara de indignación milenaria de todo un pueblo de chinos, la oscura y horripilante palabra “¡¡¿¿japonesa??!!” en plena calle de San Bernardo ante la apreciación de nuestro amigo el francés nostálgico de los paisajes coloniales de Indochina. Vamos, que el cabronazo quería chino y casi acaba masacrado por escupir sobre el honor ancestral de mil trescientos millones de fieles comunistas.

En definitiva, los ilustres bebedores disfrutaron de una agradable tarde del mes de agosto, día de la Virgen, en un pub no exento de puntos negativos, tales como la infame música más propia de una comuna hippie o la poca cantidad de parroquianos, quizá debido a las fechas y a que el 15 de agosto no es precisamente el día en que más amantes de lo irlandés pasean por el barrio de Malasaña.

Un buen  colofón para mi modesta persona, que abandona temporalmente este apasionante tour con pena en el alma y sequedad en la vejiga, al tener que buscar nuevos horizontes allá donde colón hincó la rodilla para orar antes de emprender la aventura de su vida. No es más que un requiebro del camino que sin duda me volverá a reunir, más pronto que tarde, con esta caterva de gentuza y ralea humana que hace que la vida sea más amable y dichosa. Como diría el Chuache, I´ll be back. Hasta pronto.

16 agosto, 2010 Posted by | Irlanda en Madrid | , , , , , , , | 5 comentarios

Pub nº33: O’Connell Street

El pub 33 tenía como destino un lugar mítico. Así al menos lo decidió su elector: don Miguel.

Allí, en principio, debiera poder disfrutarse de manera máxima un partido único en el mundo: semifinales de un mundial. Nada menos que un Uruguay-Holanda. Allí fuimos.

La distribución del O’Connell Street es idéntica a la de su hermano Dubliners. Entrada, barra a la derecha, pantalla grande en medio, diferentes televisiones a lo largo del bar, bajada por una escalera y una especie de forma de ‘ele’ tirando hacia la derecha. Es decir… que se nota a la legua que son hijos del mismo padre. La estructura es calcada. Lo que sí es cierto es que tiene ciertos puntos que le dan un punto superior de irlandidad que su mellizo. Bastante parafernalia irlandesa, aunque es innegable que mediatizado por su ubicación de tal manera que tiene ese punto comercial preparado para los guiris u otros clientes que no buscan tanto la excelencia como nosotros.

Es por ello que uno puede disfrutar de ofertas típicas de discotecas como dos pintas más una de nachos por 10€. O sea que no está nada mal. No olvidemos que estamos en un pub al lado de la Puerta del Sol.

Ahora bien, hay un detalle inaceptable, especialmente cuando se decide acudir a un pub con la principal idea de ver un partido en la cumbre: las teles deben verse mejor y no estar escacharradas, como le ocurría a la que más cerca teníamos. Es un punto bastante negativo y que a bebedores tan ilustres como a Rodríguez o Espáriz les provocaron tener que soltar más de un exabrupto.

La atención fue muy buena. Una chica que enseguida hizo migas con Ortigoza nos sirvió de manera cordial y veloz, por lo que por ahí no deberíamos tener queja. Quizás un poco molesto el hecho de tener que moverse cada dos por tres, cuando un tipo venía a hacer no sé qué en un espacio situado justo al lado donde nos encontrábamos. Rodríguez las contó y superaban los dedos de una mano. No debemos olvidar que cuando fuimos al Dubliners, había varios rusos de la mafia que asustaban por sus modos. Aquí alguno también había pululando, pero a nosotros nos tocó, eso sí, la ya nombrada rubia amable y un tipo gay, también agradable.

Obviamente, el elector defendía su decisión, pero la verdad es que su principal motivo fue el poder disfrutar convenientemente de un partido de esta índole y el resultado final no fue tan perfecto como se pensaba. Sin embargo, sí podríamos afirmar que el ambiente fue aceptable. Tal vez, no tan extraordinario como podíamos haber previsto, pero sí suficiente como para poder «meterse en ambiente». Había de todo: varios noires de Surinam apoyando a su selección, un par de uruguayos alocados y sobre todo… muchos apasionados al fútbol

Y es una pena, porque es un pub con un nombre mítico: la principal vía de Dublín que por cierto es una de las más amplias de toda Europa, que honra a un líder nacionalista carismático del siglo XIX, Daniel O’Connell, conocido como El libertador.

Al pub fuimos varios de los cerdos de siempre: Ortigoza, Papote, Míkel, Rodríguez, Espáriz y mi menda. Faltó el desertor Del Rosal, al que ya poco veremos por aquí. La conversación se focalizó, claro está, en el Mundial y en el encuentro que iba a medir a España con Alemania. Varios insultos proferidos hacia el terrorista balompédico Van Bommel (muérete, maldito hijo de la gran puta) y más de una loa a ese crack llamado Diego Forlán. Rodríguez y Ortigoza estuvieron a punto de acertar la porra.

En cualquier caso, debemos aseverar que el pub tiene virtudes interesantes y se puede llegar a recomendar, pero la verdad es que no parece el más idoneo para ir a ver un partido en la cumbre.

7 julio, 2010 Posted by | Irlanda en Madrid | , , , , , , , , , | 7 comentarios

Pub nº22: The Towers Irish Pub

¿Quién no conoce a Henry Ford? La respuesta es obvia: pocos o ninguno.

He acudido al ejemplo más claro (y, tal vez, pueril) de lo que es levantar un imperio desde la nada. Crear un negocio desde la idea. Llevarla a cabo con esfuerzo. Y con premisas claras. Decía Ford: «Si hay un secreto del buen éxito reside en la capacidad para apreciar el punto de vista del prójimo y ver las cosas desde ese punto así como del propio». En fin, tan antiguo como los evangelios. No hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a ti.

Ayer fue día de pub. Fuimos al 22. The Towers Irish Pub. Web en construcción. Como el mínimo decoro que un gerente de local debe tener con sus clientes. Lo de ayer fue lamentable. Indigno. Para recomendar no volver a pisar jamás ese bar.

Situado en Paseo de los Olmos 28, justo al lado de Pirámides, lindando con el Calderón, acudimos a nuestra puntual cita con los pubs irlandeses madrileños. Por fuera no pintaba mal. Metido en un feo bloque de ladrillo y haciendo esquina nos esperaba con las puertas abiertas.

Una vez dentro, se puede comprobar que las dos plantas, relativamente bien distribuidas dan un cierto entorno agradable. Digamos que se asemeja a lo que un pub irlandés debe transmitir. La barra, únicamente en la parte de abajo, es bastante grande y hay diversas zonas en las que poder sentarse. Hasta ahí bien. Pero varios puntos inexcusables en contra: mala música y ninguna televisión. Evidentemente, injustificable. Debería el maleducado gerente saber que antes de montar un negocio es importante hacer lo que llaman un estudio de mercado. Cotejar opiniones, rodearse incluso de expertos. Saber de qué va la cosa. Muy mal por ese lado.

La decoración es lo único en que quizás podamos decir que al menos no desentonaba. Las paredes están convenientemente cubiertas de elementos irlandeses inconfundibles: cuadros, banderas, imágenes, objetos de madera (recuerdo un violín muy curioso encima de una estantería cerrada con libros), nombres de autores imprescindibles, una chimenea acorde con todo e incluso un techo original con partes de vidriera. Esto último junto al arco que lleva a una de las zonas (justamente donde nos sentamos) recuerdan bastante al St. Patrick’s Abbey Tavern. Como digo, no será en esta faceta irlandesa en la que suspenda el pub.

Hay que apuntar que los cofrades fueron los de siempre. Los siete samuráis de la birra aparecimos por la puerta dispuestos a pasar un buen rato. Todos sin excepción acudimos nuevamente a la cita lo que indica el alto grado de complicidad que estamos alcanzando en esta nunca suficientemente loada tarea de recorrer los pubs madrileños para aconsejar al viajero inocente dónde debe y no debe acudir.

Nos tomamos la primera pinta —aceptablemente servida— y el resultado parecía que iba a ser positivo. Estábamos a gusto. Decidimos no cenar, aunque a posteriori intuiríamos que como en casi cualquier irlandés la comida no era mala.

De repente y sin saber cómo, del techo (concretamente de una de las vidrieras a las que hacía mención anteriormente) comenzó a salir un reguero de agua. El agua se filtraba y caía en una buena cantidad en la mesa anexa a la nuestra y lógicamente las salpicaduras no sólo eran molestas, eran inaceptables. Llegaron las dos camareras, extranjeras, que apenas sabían el idioma balbuceando que no podían hacer nada. Poncio Pilatos, un aprendiz al lado de éstos. Allí seguía cayendo agua. Que por cierto, no sabíamos de dónde coño venía. ¿Del aparato de aire acondicionado? ¿Del báter? ¿Del vecino de arriba? Digo que no lo sabíamos, porque el patético gerente de gafitas se acercó, miró, dijo que «a veces pasa» y con dos cojones se marchó de allí. Por un momento pensamos que iría a por una fregona, que iría a buscar una mesa donde colocarnos, que haría algo. Nada más lejos de la realidad. El tío se fue a hablar con otras personas mientras pinchaba algo. Tal cual.

Nuestra indignación crecía. Parecía que la gotera disminuía, por lo que por un momento decidimos hacer mutis por el foro y cambiarnos a la mesa de al lado en la que apenas cabíamos todos. Era más pequeña. El cabreo en cualquier caso no menguaba. ¿Nunca han tenido la sensación de que les están tomando el pelo y pese a que lo intentas no puedes evitar finalmente explotar? Así fue. Una segunda gotera comenzó a expulsar nuevamente agua.

Cuando ya nos íbamos rumiando la lamentable nota que el pub tendría (y tendrá) llegó el incompetente gerente a decirnos que lo sentía. Entonces el orador que Del Rosal rezuma por los poros de su piel saltó y le cantó las cuarenta al responsable de tal sinvergonzonería. Con todos los argumentos de su lado le explicó que era lamentable y patético que ni se hubiera dignado a poner un cubo, a limpiar la asquerosidad que se estaba formando allí y ni siquiera indicarnos si eran aguas fecales o celestiales. Todo cuando éramos (nunca más) sus clientes y estábamos soltando billetes por unas consumiciones y un servicio que en ningún caso habíamos recibido correctamente. El pobre monigote asentía como el niño al que papá reprende por haber hecho una travesura. Lamentable.

El tío dijo que nos invitaría a una, pero con el cabreo que teníamos escapamos de allí. Según salíamos recapacitamos y dijimos que lo mínimo era tomarnos lo que el memo había ofrecido. Algunos de los nuestros decidieron no volver. Al llegar el tío quiso nuevamente argumentar y explicar lo inexplicable. Nos tomamos la cutre cerveza que nos ofreció y ahuecamos el ala para nunca más volver.

Hay un proverbio árabe que siempre me ha gustado y que ayuda a canalizar el sentimiento de maltrato al que nos sometió el mentecato del peor pub de Madrid: «La primera vez que me engañes será culpa tuya; la segunda vez, será culpa mía».

Pues eso.

22 abril, 2010 Posted by | Uncategorized | , , , , , , , , , , | 6 comentarios

Pub nº20: Dubliners

¿Por qué nos gusta tanto el mundo irlandés?

Walking all the day
Near tall towers where falcons build their nests
Silver winged they fly
They know the call of freedom in their breasts
Saw Black Head against the sky
With twisted rocks that run down to the sea

Living on your western shore
Saw summer sunsets, asked for more
I stood by your Atlantic sea
And sang a song for Ireland

Talking all the day
With true friends who try to make you stay
Telling jokes and news
Singing songs to pass the night away
Watched the Galway salmon run
Like silver dancing, darting in the sun

Living on your western shore
Saw summer sunsets, asked for more
I stood by your Atlantic sea
And sang a song for Ireland

Drinking all the day
In old pubs where fiddlers loved to play
Someone touched the bow
He played a reel, it seemed so grand and gay
Stood on Dingle beach
And cast in wild foam, we found Atlantic bass

Living on your western shore
Saw summer sunsets, asked for more
I stood by your Atlantic sea
And sang a song for Ireland

Dreaming in the night
I saw a land where no man had to fight
Waking in your dawn
I saw you crying in the morning light
Lying where the falcons fly
They twist and turn all in you e’er blue sky

Living on your western shore
Saw summer sunsets, asked for more
I stood by your Atlantic sea
And l sang a song for Ireland

No les voy a traducir el mitiquísimo Song for Ireland, pero creo que sabrán identificar ciertos versos. “Bebiendo todo el día, en viejos pubs donde a los violinistas les gusta tocar (…) hablando todo el día, con verdaderos amigos (…) contar chistes y noticias (…) puestas de sol de verano (…) quedarme en el mar Atlántico…”.

La primera versión que recuerdo de esta maravilla acústica salió de las almas del grupo que formaban The Dubliners. Nombre que tomaron de la novela de Joyce, estos dublineses cantan a su isla verde con pasión y mucha emoción desde hace casi ya 50 años. Casi nada.

Por eso, la elección del Papote fue excelente. Dubliners, ese pub unido a Madrid por la calle Espoz y Mina, a pocos metros de Sol y con un hermano gemelo pegado (O’Connell St.) fue el elegido para un número tan redondo como el 20.

Las primeras impresiones no pueden ser más positivas. Es muy grande, con diferentes ambientes y una irlandidad extraordinaria. Necesidades innegociables bien expuestas: varias pantallas con fútbol (y otros deportes), una gama de cervezas incluida obviamente la Guinness (bastante bien servida, trébol incluido), típicas mesas (de acuerdo con el comentario que leímos sobre el pub: le falta cierta solera) de madera y decoración apropiada.

Siempre me han gustado ese tipo de recovecos en los que si vas con una chica o con tu pareja gayer te puedes medio aislar con tu cerveza y sentirte un poco apartado de la turbamulta. Este pub tenía varios de esos puntos. Nuevamente positivo.

En contra: uno muy evidente. No puede ser que en un pub en el que indefectiblemente va gente joven (preferentemente masculina) te atiendan, por regla general, dos maromos sacados de los barrios bajos de Odesa. Cabeza rapada, camiseta negra. Joder, parece que cada vez que se dirigen a ti en un español infame te van a partir las piernas. Y muy feo el gesto de poner la cuenta en la primera ronda y esperar, con mirada inquisitorial, a que los clientes saquen sus carteras y paguen. Esto es un irlandés, señores. 0 absoluto en este aspecto. En fin, miren la foto. Parece que va a matar al Míkel.

Digamos que la música internacional, el ambiente excepcional que se respira en este garito, tan próximo a la Puerta del Sol ayuda a que uno olvide este tipo de hechos. Simple curiosidad: como en todos los pub, ahí que estaban las típicas cestitas con sus “tapas” correspondientes. En este caso, hemos de advertir que nos pusieron mierda. Basura. Broza. Un sucedáneo de patata frita rancia que otros decían que era plátano frito. Asqueroso. Aún así hicimos caso al refranero castizo: “A caballo regalado…”.

Conversaciones más que agradables y recurrentes, como no podía ser de otra forma, partido de liga en la tele y un par de rondas (además de sandwiches para varios de los cerdos). Y claro está. Don Miguel y su periódico.

Por tanto podríamos y deberíamos loar ciertas facetas de este pub, especialmente ambiente e irlandidad. Pero tiene otros puntos negativos evidentes: trato y modos deficientes sobre todo.

En plena Semana Santa habrá una diáspora importante de los bebedores habituales, pero seguro que allá donde vaya cada uno de los miembros, no descartará la opción de tomarse una buena pinta en el pub irlandés de turno.

5 abril, 2010 Posted by | Irlanda en Madrid | , , , , , , , , , , | 10 comentarios